Ya no sé si son las obligaciones que me tienen un poco parca a la hora de publicar un post o si estoy en un receso obligado que mi subconsciente me exige.

Conocer a Cereza fue espectacular. Aunque fue muy breve el encuentro, sentí que me reencontraba con una antigua amiga de toda la vida. Resultó ser exactamente la persona que imaginé. Y son en estos momentos en los que, a pesar del amor que le tengo a esta Isla, lamento no estar cerca esas personas que tanto se aprecian.

La realidad resultó estar a la par de mi imaginación.

Ahora, dejando la melancolía de un lado, cuento mi almuerzo del día de ayer.

A las 6 de la tarde, mi estómago me reclamaba comida. Me senté en la Av. 4 de Mayo, en un popular restaurante de pollo al estilo Arturo's. Mientras esperaba en mi mesa que alguien tomara la orden, tuve la sensación de estar sentada en un restaurante en una de las calles del centro de Caracas, aunque un poco más light y turístico. Arrugué un poco la cara, pero el pollo de esa mini cadena margariteña es bueno e impelable (y más económico).

Perdida en esos pensamientos, veo como un chico viene mirando para el techo mientras uno de los mesoneros venía con un pedido a paso apurado. Lo vi todo en mi mente en cámara lenta: el pollo rodando por el piso, los refrescos salpicando a todos los transeúntes y una lluvia de papas fritas que imaginaba me paraba a atajar con la boca mientras caían (sí tenía buuurda de hambre).

Sin embargo, mi mente siempre exagera un poco los acontecimientos y lo que imaginé divertidamente no pasó. La realidad fue que el peatón tropezó (como era de esperarse) con el mesonero; el mesonero se comportó como todo un torero: mantuvo el equilibrio, no derramó ni una sola gota y ni una papita voló por los aires. El distraído hombre abrazó al mesonero por la espalda (para no caerse) y el mesonero, dejando la bandeja de comida en una mesa vacía, se volteó, agarró al tipo y se puso a bailar con él.

A veces la realidad supera la imaginación.